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Cines de Irun

A finales de los años sesenta Irun contaba con seis salas de cine: Amaya, Avenida, Bellas Artes, Bidasoa. Principal y Uranzu . Ir al cine o ir al baile eran en aquellos años las formas de evasión más arraigadas en la sociedad. Irun pasaba por entonces su mejor época de actividad económica y empresarial y era uno de los principales focos de inmigración de Euskadi. Para divertír a tanta gente y de tan variadas procedencias eran necesarios unos cines especiales y muy diferentes. Todos eran diferentes por su programación y ubicación. Y cada uno de ellos tenía un sello propio que les diferenciaba de los otros y contaban con un público fiel que iban allí, muchas veces sin importarles la película, semana tras semana.

El Cine Amaya se podría decir que era el cine independiente de Irun, el más elegante y el que ofrecía siempre la programación más cuidada. Allí se daban los estrenos más esperados y sus instalaciones eran las más cómodas y su pantalla la más grande (aquel famoso Todd-AO que solo podían ofrecer los cines de élite). Recuerdo, por ejemplo, cuando estrenaron “My fair lady” y la tienda de modas “Lara” del Paseo de Colón vistió un maniquí con un traje y un gran sombrero, todo blanco y negro, similar al que lucía Audrey Hepburn para ir a las carreras. Fue una forma novedosa de promocionar una película que tuvo gran repercusión. Y que solo podía darse, claro está, en el Amaya.

O cómo año tras año se proyectaban dos éxitos seguros que nunca nos cansábamos de ver: “Lo que el viento se llevó” y “Doctor Zhivago”. A pesar de su largo, muy largo, metraje, nos encantaba ver una y otra vez a Escarlata O`Hara y a Omar Sharif. Y comprobar de nuevo la languidez de Julie Christie, perfecta por aquella Rusia helada. Y es que todos los años estaban igual. No envejecían nunca.

El Cine Amaya tenía un vestíbulo amplio y sobrio y siempre al entrar, y sobre todo al salir, te despedía Ava Gardner, magnífica en una fotografía de “55 días en Pekín”. Te seguía con sus ojos de lumbre hasta alcanzar la calle, como una Monna Lisa.

El Cine Avenida era la versión burguesa del Amaya. Si el Amaya estaba ubicado en un barrio obrero lleno de inmigrantes, el Avenida estaba al lado del Paseo de Colón y en la más elitista Avenida de Francia. Al Cine Avenida le faltaba solemnidad, era demasiado correcto y previsible, como su programación. Era un cine decente y bien visto y allí acudían las parejas asentadas y por asentar. Yo tenía un amigo cuyos padres iban todos los domingos al Avenida, daba igual la película que pusieran. Siempre tenían reservada la misma fila y las mismas butacas. ¿Hay alguna forma mejor de entender lo que es una vida en “orden y como Dios manda”?.

Es cierto que en este cine se formaban las mayores colas para entrar los domingos por la tarde. Tal vez porque, como suele decirse, en el término medio está la virtud (y el aburrimiento) y el Cine Avenida era eso, un cine sin grandes pretensiones pero con una programación correcta y unas películas que podían gustar a la mayoría. Todo tan convencional que hasta el ambientador que expandían entre sesión y sesión era discreto. No olía demasiado.

El Cine Bellas Artes era el más alternativo de la ciudad. Siempre tenía la programación más imprevisible y las películas que pasaban por ser un poco más raras. Hasta su situación era rara, en la calle en cuesta y con la entrada de anfiteatro y galería distante de la entrada principal. Allí vi “Romeo y Julieta” de Zeffirelli de tan grato recuerdo y allí se vio por primera vez a una actriz española enseñar los senos (así de rebuscada era la publicidad de la época). La película era “La Celestina” y la actriz, Elisa Ramírez, la Melibea que en una escena le enseñaba a su Calixto, Julián Mateos, una teta. Porque solo se vislumbraba una y entre cortinas de gasa. Una teta pequeñita y nada provocativa, adelanto de la avalancha de tetas, de todos los tamaños y hasta de todos los colores, que nos inundaría unos años más tarde con la “apertura”.

Un fin de semana coincidieron, posiblemente de forma intencionada, el Bellas Artes y el Amaya con la misma película: “Las Leandras”. Pero, claro, ni color. La película del Amaya era la versión protagonizada por Rocío Dúrcal y estrenada con un gran despliegue de medios donde la actriz madrileña, en todo su esplendor, cantaba de forma inolvidable el “Pichi” o la java de “Las viudas”. La estrenada en el Bellas Artes era una producción mejicana cutre y llena de tópicos a mayor gloria, qué casualidad, de Rosario Dúrcal, una actriz ya añosa y ajamonada que hacía de “Los nardos” un desvarío total. Eran, ya lo he dicho, las rarezas del Bellas Artes. Las guerrillas que salpicaban de pimienta aquellos fines de semana.

El Cine Bidasoa era, tal vez, el más popular y también el más chabacano, con la programación más arrastrada y populachera. Allí todo valía en sus larguísimos programas dobles tolerados para todos. Entrabas y no sabías cuando acababa aquello. Vaqueros y más vaqueros o romanos y más romanos. O también vaqueros y romanos, cualquier combinación era posible. Era como un patio grande de vecindad con toda la chiquillería dándole a los chicles y al regaliz (los caramelos de Vda. de Solano ya eran otro cantar). Allí todo era más visceral y más intenso. Tan intenso como su ambientador, que éste sí que olía. Más que oler, atufaba.

Lo mejor de este cine eran su fachada con aquellas orlas sinuosas que querían evocar a los cines americanos y la pipera, día tas día pegada al entrada con su carrito de maravillas y que será recordada siempre como elemento indispensable de aquellas maratonianas sesiones. Como sus carteleras y su entrada cuesta abajo.

El Teatro Principal, éste era su nombre, era el más viejo y destartalado de todos los cines de Irun y también el más auténtico. Por aquellos años ya era en muy contadas ocasiones teatro, casi siempre funcionaba como cine. Asentado encima de lo que hoy es el S.A.C., había que subir una pequeña cuesta par acceder a su taquilla y al largo corredor acristalado que quería darle un aspecto de coliseo de provincias y se quedaba en un aire de casino desvencijado.

Era el más entrañable de todos y estaba especializado, al igual que el Bidasoa, en programas dobles con un gallinero a rebosar dispuesto a aplaudir, silbar o jalear cualquier desenlace inesperado.

En sus últimos años como teatro allí escuché cantar a Manolo Escobar y a la Niña de Antequera, grandiosa cantaora malagueña. De la actuación de esta última me ha quedado una imagen imborrable. Cuando la cantante desplegaba todo su poderío en el escenario y todos la escuchábamos como si estuviéramos en misa, de pronto, desde lo más alto del gallinero (porque allí estaba yo en aquellos bancos imposibles), se oyó una voz de mujer que decía: “Bendita sea tu boca, paisana mía”. Era el clamor de una mujer pequeñita toda vestida de negro, pañuelo en la cabeza incluido, que no pudo contenerse y que, por un momento, nos hizo olvidar que la figura estaba sobre las tablas. Antes pasaban estas cosas.

Yo creo que el Teatro Principal representaba mejor que ningún otro la idea de sala de cine como recinto donde se va a vivir la fantasía y las historias ajenas, el momento que rompe la rutina de los días.

El Cine Uranzu era como un patio grande de colegio. Infantil y bullanguero. Integrado en el edificio de La Salle era como un salón de actos sin protocolos. Únicamente tenía una sala de butacas y aquello le daba un ambiente más familiar y cercano, como de merienda al aire libre en un día de romería. Tenía una programación discreta y siempre apta para todos los públicos. Era un cine simpático y agradable por su humildad, por su falta de pretensiones. De él guardo un recuerdo muy especial porque allí vi mi primera película en Irun. Corría el mes de septiembre de 1.966 y la película fue “El Tulipán Negro”.

Con el paso de los años, otros gustos y otros intereses se fueron adueñando de todos nosotros, el Cine dejó de interesar y sus salas fueron cayendo una tras otra. En Irun, a excepción del Cine Amaya, desparecieron todas. Nuestra vida parecía volverse más interesante que las propias películas. La realidad superaba a la ficción.

Hoy, aquel recordado Amaya, es el Centro Cultural Amaia, remodelado y lustroso, único testigo de aquellos años y que nos ofrece, de vez en cuando, alguna exposición o concierto interesante. Pero es otra cosa. Y, además, no está Ava Gardner para despedirnos a la salida. Nunca he echado tanto en falta aquel ramalazo de belleza.

 



Comentarios

  1. Gracias por este artículo Ángel. ¡Cuantas cosas me has hecho recordar!

  2. Precioso, Ángel, precioso…

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Angel Amaro Prieto