La Torre de Babel
Las tribus asentadas en la llanura de Senaar habían decidido levantar un gigante arquitectónico que despuntara en el horizonte de Mesopotamia. Ya iban por la undécima planta. Era una torre que por su altura y su fama iba a servir a la humanidad como símbolo de poder y norte geo-político, un norte al que mirar en la oscura noche tribal. Todos divisarían la torre desde muchos días de distancia y sabrían dónde encontrar hermandad, auxilio, orientación y gobierno.
No pensaban en alcanzar el cielo, por más algunos dijeran que si tal, que si cual, que si estaba muy mal subir a tocar los güevos al Creador. No, señor, la Biblia no habla de tal motivación sacrílega. Aquellos hombres (y mujeres) tan emprendedores eran primitivos, pero no idiotas. ¿A quién se le iba a ocurrir el desvarío de alcanzar el cielo amontonado piedras? Venga, por favor!
El caso es que Yahveh se mosqueó, ya vé, y en su infalible omniscencia pensó que los hombres (y mujeres, por supuesto) querían rivalizar con él. Y antes de preguntarles (no fuera a estar equivocado) juzgó y sentenció: «He aquí que todos forman un solo pueblo y todos hablan una misma lengua, siendo éste el principio de sus empresas. Nada les impedirá que lleven a cabo todo lo que se propongan. Pues bien, descendamos y allí mismo confundamos su lenguaje de modo que no se entiendan los unos con los otros».
Ahí Yahvéh estuvo fino porque, si bien erró con respecto a las intenciones de su pueblo, intuyó correctamente que la unión hacía la fuerza. Dicho y hecho, envió al pueblo elegido un software que descojonó de arriba a abajo las comunicaciones de la constructora.
Y a partir de ahí cada cual comenzó a hablar su propia lengua. Menuda putada. Se acabó la coordinación, el entendimiento universal, la conciencia de pueblo global capaz de afrontar cualquier empresa, capaz casi de tocar el cielo. Vuelta a la dispersión. Vuelta a la debilidad, a la incertidumbre. Y encima, en cuatro días iban a estar a palos entre unos y otros. Y es que, desde que plantara el manzano en mitad del edén, cada vez que a Yahvéh se le ocurría algo subía el pan.
Ahora los hombres (y las mujeres) estaban abatidos, derrengados, desmoralizados, desconcertados, desnortados, sin sabér qué puñetas hacer. Sólo uno de ellos envolvía sus enseres y daba saltitos a la par que celebraba el fatal suceso con gran satisfacción. Puso rumbo, hatillo al hombro, hacia el norte; e iba hablando sólo. Yahvé le preguntó a un ángel qué leches decía aquel tipo. El ángel le contestó: Dice que ahora ya tiene identidad propia y diferenciada, no como antes, que se sentía como un azucarillo diluido. Dice que se va a tejer una bandera y a levantar una cerca. Y que no se le ocurra acercarse sin pasaporte ni al mismísimo Yahvéh.
EUSKARAZ

 






eres un ignorante de lo que escribes y una gran falta de respeto a tu creador que te puede consumir como una cucaracha, pero en su inmensa misericordia te sigue dando oportunidad de que recapasites.