Irun, un mundo nuevo
Fue, no lo olvidaré nunca , el 31 de agosto de 1.966. Aquel día llegué a Irun y aquel día descubrí un mundo nuevo.
Yo tenía trece años y nunca había viajado más allá de la capital de la provincia, unos cien kilómetros que entonces me parecían eternos en un viaje larguísimo y para el que te preparabas como si fueras al otro lado del mundo, aunque la realidad era que poco cambiaba en el paisaje y el paisanaje. Lo que más recuerdo de aquellos viajes son los calores en los trenes y las vomitonas que una y otra vez no podía evitar. Pero aquel año la vida, que siempre te sorprende, a mí me dio la vuelta poniendo del revés lo que tan bien, parecía, se había planeado. Dejé el Sur por el Norte y cambié las llanuras manchegas por las montañas vascongadas, que así llamábamos a las tres provincias vascas en los libros escolares. El destino era Irun, más lejos parecía imposible, es que lo buscabas y parecía que te salías del mapa. Era la mejor solución para una mala realidad.
Hasta entonces para mí Irun era un lugar lejano desde el que cada Navidad llegaba el paquete de mi tía Inés, aquel paquete que yo esperaba cada año como un reparto de maravillas. Recuerdo el año que llegaron las primeras galletas de “Cuétara” envueltas en papel de colorines. Aquello era el colmo de la sofisticación, puro glamour entre almuerzos de migas con torreznos. Irun era también el caballito cojo de plástico blanco que me trajo en una de sus visitas el pueblo. El caballito era tan versátil que servía hasta para ponerlo en el belén. Resultaba un poco grande y anacrónico pero daba igual, había que explorar nuevas tendencias también en belenes. Y Julillo y la Lorenza cuando venían a vernos por las Ferias. La Lorenza, tan refinada ella con los vestidos floreados y los pendientes y pulseras de oro bueno. Julillo seguía igual, canijo y renegrío, como si los aires norteños no pudieran aclarar el tizne de tantas horas de siega..
Del viaje, me imagino que inacabable, recuerdo poco. Sólo la espera en la estación del Norte de Madrid, atontado de tanto sube y baja. Aquello no acababa nunca. Pero tengo una visión imborrable del tren adentrándose por tierras vascas, Me imagino que sería por la parte del puerto, pasado Alsasua. Cuando comenzó aquel desfile de montes verdes, sin roturas de color, con aquel derroche de humedad y frescor, comencé a tener conciencia de que todo era tan diferente que ya mi vida no volvería a ser la misma y que el escenario por el que se movería escondía entre sus bastidores muchas sorpresas par hacer de la función un largo entremés.
El tren llegó a Irun a primera hora de la mañana. Era un día luminoso y ante mí, niño de pueblo chico, se abrió el retablo de maravillas de una ciudad grande. Inmensa me pareció con sus bloques de pisos, las anchas calles, el ruido de los coches y la algarabía de las aceras. Recuerdo el edificio gordo que con una torrecilla cuadrada de color rojizo te daba la bienvenida después de haber pasado Pasionistas y el puente. Estaba donde ahora está el edificio “Ederra” y tenía en un rincón, mirando a las vías, una librería pequeñita a la que después iría muchas veces a comprar las novelas de la Colección Reno. Es el primer recuerdo que tengo de la ciudad. Eso y, sobre todo, el olor. Irun olía diferente, por el aire se mezclaban los olores y aunque no acertaba a definirlos, sí sabía que eran olores de otras formas de vivir, de un mundo nuevo.
Y recuerdo cuando por la tarde me llevaron al Parque Mendibil y conocí la Plaza con el kiosko y los árboles haciendo sombra y enfrente, como raro contrapunto, el muro que jalonaba toda la acera. Y el olor a chocolate, el olor dulzón que te acompañaba de forma cada vez más apretada según te aproximabas al parque. Aquella tarde, y después durante muchas tardes más, Irun olía a chocolate. Fue el olor que, para mí, acabó definiendo a la ciudad. Nada más apetecible para el camino que se insinuaba por delante.
Desde aquel día hasta hoy han pasado cuarenta y cuatro años. Y, como suele decirse, ha llovido mucho desde entonces. Y ha habido mucho sol. Pero ésa ya es otra historia.
EUSKARAZ

 






Cuando comprendes lo que dejaste valoras lo que has encontrado. Las raíces crecen con los recuerdos, los olores, los sentimientos y por que no, también con la humedad. Aquí el sol se esconde por otro lado. Gracias por el relato
La historia de Irun no se puede comprender sin mencionar sus emigrantes, toda la gente que por necesidad tuvo que dejar su tierra, su familia, sus amigos, su pasado…para buscar fortuna.
Gracias por descubrirnos nuestro pasado reciente desde la mirada inocente de aquel niño
Está claro que Irún es otro mundo aún y con olor a chocolate!!
Precioso relato!!
Me gusta porque aunque tiene un fondo muy triste está contado desde unos ojos inteligentes, curiosos y esperanzadores. Además el final es feliz.
me parece muy enternecedor