Ideal cinema
El cine Ideal era un cine de verano. Estaba en Sevilla, cerca de la Alameda de Hércules. Encajonado entre dos calles cuando, de pronto, lo encontrabas, con su azul rabioso, parecía un trozo de cielo, descolgado, tachonado de geranios en el verano andaluz. Era grande y cuadrado. Tenía una puerta también grande acabada en su parte superior por una reja en semicírculo y sobre ésta, en letras negras ribeteadas de blanco, se leía “IDEAL CINEMA”; a la izquierda, en una taquilla pequeñita, se despachaban las entradas.
Dentro había treinta hileras de asientos, las cinco primeras con bancos de madera sin respaldo para los niños que pagaban menos, y las veinticinco restantes con sillas de madera con asientos de enea. Las tres últimas eran las llamadas “del gusto”. Tenía también, nada más entrar, a la derecha, un mostrador de madera color azul donde se vendían las bebidas, cervezas, gaseosas, y sobre él, dos barreños grandes de hojalata, uno lleno de pipas de girasol y el otro de altramuces: eran el lujo de aquellas noches de emoción y aventura.
La pantalla era grande, ribeteada de negro y sobre la puerta, en un alto, la cabina de proyección, el sitio mágico donde empezaban, se interrumpían y acababan, a merced del operador, tantas historias inéditas.
En el cine Ideal la vida pasaba en blanco y negro. Y algunas veces en technicolor. Cubriéndolo todo, el cielo inmenso, con algún lucero travieso haciendo guiños.
“NOBLEZA BATURRA”
26 de junio de 1.946
La película era ya vieja, casi desgastada por sus continuas proyecciones, pero daba igual. Un verano tras otro su reposición era un éxito asegurado. Imperio Argentina sufría para todos los corazones sensibles y cantaba par Sevilla entera.
Amparo había nacido en Cariñena y nunca había salido de su pueblo hasta que hacía dos años un amor sin razón la trajo hasta aquí. El amor se llamaba Roque y era de Écija. Andaba por tierras de Zaragoza trabajando en la construcción de carreteras cuando una noche de verbena conoció a Amparo. Era guapo y zalamero, aunque algo paticorto y Amparo, que acostumbraba a extasiarse con los galanes de las tarjetas postales, vio en los ojos de Roque, y en su tupido entrecejo, como una promesa de dulce esclavitud.
A los tres meses se casaron y a los ocho meses de la boda nació María Esperanza, para toda la vida Esperancita. La pareja se instaló en Sevilla donde Roque encontró trabajo en un astillero pequeñito y donde Amparo, cegada de tanta alegría a su alrededor, sufría en silencio.
Aquel era un momento que ella quería disfrutar a solas, aunque tampoco hubiera podido hacerlo de otra manera ya que la única amiga de confianza que tenía iba a barriga por año y no estaba par películas y su Roque, ya no era su Roque, porque había cambiado mucho en tan poco tiempo. Iba del trabajo al bar, del bar a la cama y vuelta a empezar. Sus ojos ya no le ofrecían casi nada y su cuerpo sólo ardores a destiempo.
Arrebujada en la rebeca veía a Imperio Argentina-María del Pilar dudar de su amor, sentir su pena, la tragedia del infundio, la frescura de sus canciones, su nobleza de maña honrada . Y algo espeso comenzó a subirle a la boca con latidos apresurados e incontrolables. Se acordaba de Antonio, su padre, montado en la burra camino de la huerta; de su primo Andrés, que iba par cura, pero que un día la sorprendió con algo inmenso entre las piernas; de su amiga Palmira con sus sueños inconfesables; de la tía Tana, oronda y risueña, viuda sin prejuicios; de la abuela Amparo, arrugada y silenciosa, viendo correr el aire; de sus amigas Juana, Ángeles, Rita, Rosa, Pilar, Mari Cruz…
Y dos lágrimas gordas corrían hacia sus labios. Fuera, la dama de noche emborrachaba el aire.
“CALLE MAYOR”
16 de julio de 1.956
El acontecimiento de la temporada. Para llorar sin disimulos tantas penas anónimas. Como la vida misma, sin color y sin sorpresas, pero con todas las ilusiones rotas.
Escolástica Zambrón había pasado de los treinta, tenía tres lunares junto a la boca, una mata de pelo negro espeso y rizado como Juanita Reina y un culo plano , pero potente, que desataba silbidos en su balanceo. Y era virgen. Desde jovencita pasaba los veranos en Sevilla en casa de la tía Espe, solterona con posibles con una casa con patio en la calle Trajano y, también, virgen. Escolástica era para ella como una pepona grande o como un perrito de aguas, el capricho de una maternidad seca. A la sobrina, que no le gustaba vivir en Barbate durante el verano, los melindres de la tía Espe le sabían a torrijas de Semana Santa, aburridos de tan saboreados, pero todo el año esperando que empezaran a sonar las saetas. Las dos pasaban los veranos cogidas del brazo desafiando a las calles de la ciudad, ebrias de limonada y risas nerviosas.
Su fila en el cine era la fila diez, un sitio para mujeres decentes. Desde allí la barbilla de José Suárez parecía como recién afeitada, con un no sé qué de tacto mullido. Pero José Suárez era un canalla, ya se veía venir desde el principio. Escolástica Zambrón apretaba los muslos cada vez que la miraba desde la pantalla, sólo a ella, con sus ojos de gato montés. Había pocos hombres en Sevilla que supieran mirar así, alguno en Barbate y, dede luego, ninguno en aquel cine tan corriente. La tía Espe, entre trago y trago de gaseosa, no entendía muy bien el sufrimiento de aquella muchacha tan cursi. A ella ningún hombre había tenido arrestos para torearla. Sólo lo intento, y casi lo logró, aquel abogado de la calle Pureza, guapo como no había otro, pero que, al fin, resultó algo blandengue y casado. Y además, de aquello ya hacía mucho tiempo.
Tía y sobrina estuvieron de acuerdo al finalizar el film, porque ellas siempre decían “el film”, que no estaba mal, pero que Betsy Blair era una sosa a la que no le iba nada el papel porque no parecía española. Y que aquella noche hacía frío en Sevilla.
“EL TULIPAN NEGRO”
5 de agosto de 1.966
El cine a reventar con toda la muchachada jaleando. Una película tolerada y de aventuras como aquella acababa con el barreño lleno de pipas. De los altramuces quedaban la mitad.
Pepe el Bizco estaba enamorado de Alain Delon, era el hombre de su vida. Quería ser como él. Para tener su pelo, se alisaba el suyo con jabón ; para tener su sonrisa, se lavaba tres veces al día los dientes con bicarbonato; para lucir su cintura, se ceñía dos tallas menos y par tener sus ojos, no podía hacer nada, porque el único ojo que miraba al frente era de un indefinido color mierda.
Pepe el Bizco tenía el pelo crespo, un diente negro y la cintura rebosante. Se parecía a Alberto Sordi.
No todos los críos gustaban por igual de las aventuras de aquel casi Zorro, pateándolas con ruidosa algarabía. Los había, como Antoñito el de la Engracia, que sabían apreciar otros detalles. Él pagaba entrada de silla para poder mirar con tranquilidad los vestidos y sombreros de princesas y cortesanas. Le gustaban mucho los guantes y aquellos velos cubriéndoles la cara con su toque de misterio y romanticismo. Tenía once años, unos ojos muy prometedores y cuando veía a Alain Delon abrir la boca para besar sentía que la saliva inundaba la suya.
Los dos, Pepe el Bizco y Antoñito el de la Engracia, estaban destinados a encontrarse aquella noche de agosto. Tres sillas les separaban pero Pepe el Bizco olía su aroma de carnecita tierna y sentía su tacto de chicle “Bazooka”. Las tres sillas pronto fueron dos y, en cosa de nada, ninguna. Ahora ya casi rozaba aquel muslo moreno y prieto, todavía con pantalón corto, y su mano iba sigilosa y rápida asentir la pelusilla que comenzaba a cubrirlo.
Antoñito el de la Engracia no supo cómo, pero su mano tocó algo palpitante y baboso mientras sentía cerca de su boca un ojo de alacrán como un remolino de fuego. Aquel verano ya no volvió al cine,
La película acabó entre espadas y miriñaques. El sudor de Pepe el Bizco olía a gazpacho y a tocino rancio.
“CARMEN LA DE RONDA”
18 de septiembre de 1.973
Hacía ya muchos años que Sara Montiel había rodado “Carmen la de Ronda”, pero “a petición del distinguido público”, como rezaba en el programa, aquel año volvía a triunfar. Nunca lució más andaluza ni cascabelera. Su belleza acomplejaba a las mujeres y soliviantaba a los hombres. Unas y otros, juntos, o mejor, revueltos, homenajeaban su trapío de hembra de raza.
Eleuterio Gil, “La Sarita”, casi no llega a tiempo al cine. Su paso por las calles de Sevilla era un clamor y él lo disfrutaba taconeando con más firmeza, aunque a veces se le torcía un pie y tenía que cambiar el compás. Pero aquel gesto era el más celebrado de todos: revuelo de caderas, gesto altivo y vuelta a la faena. Alguno hasta se tragaba el palillo con tanta risa.
“La Sarita” había tenido un día con mucho estrés. Entre peluquería, manicura y elección del vestuario, no había parado. Aquella era una ocasión especial, sabía que él también se debía a su público y no podía defraudarle. Eligió algo sencillo pero con clase: pantalón blanco ajustado a la cadera y suelto en las piernas de “crepe” con mucha caída , blusa anudada a la cintura de manga farol en color ciclamen, un color muy favorecedor, y zapatos blancos de plataforma con un tacón considerable. Dos grandes aretes y el pelo rizado, como salvaje, completaban la hazaña.
Su entrad en el cine fue recibida, como siempre, con silbidos, rechuflas y gritos de “guapa, guapa”.
Él entornaba los ojos, fruncía el morrito abarrotado de carmín y sonreía con gesto condesciente y picarón. Era como si la propia Sara Montiel saliera de la pantalla a tomar el fresco.
“La Sarita” cantaba “Antonio Vargas Heredia” al unísono con Sara en la pantalla y zapateaba “Los Piconeros” levantando un revuelo de cáscaras de pipas y las protestas de las parejas sentadas en las tres últimas filas, las “del gusto”. Aquella era un película calificada gravemente peligrosa y, acechando el peligro, no querían ninguna interrupción.
No iba mucho al “Ideal Cinema”, le gustaba hacerse de rogar y, además, Sevilla estaba llena de cines. Pero eso sí, allí donde ponían una película de Sara, estaba él. Y siempre a tono con el argumento y con su personaje: embaucadora, sufrida o enamorada, siempre altiva y arrebatadora. Lo peor era el invierno cuando la ropa no lucía tanto y la lluvia era fatal para su pelo que, aunque empezaba a clarear, lo ahuecaba con tanta gracia y destreza que era la envidia de todas sus vecindonas.
La película, la historia, como el verano, se acababa. La brisa corría acalorada y la noche, profunda, sólo había comenzado.
El último día de gloria del cine Ideal fue el 29 de septiembre de 1.981, día de San Miguel. La última película, “En busca del arca perdida” y aquella noche se cerró para siempre su puerta grande.
Los tiempos habían cambiado, las películas también y las aventuras que contaban ya no resultaban tan arriesgadas, aunque la vida seguía siendo una carrera de obstáculos.
En noviembre de 1.992 desapareció para siempre. Ya sólo era un espectro anclado en un lugar sin nombre. La pantalla estaba descolgada, el azul sin color, la taquilla entreabierta para dejar pasar miradas curiosas, los geranios marchitos.
El viento era diferente, y el olor y el color. Sevilla se despertaba resacosa de un verano empujado a la Historia. Llegaba el invierno.
“Ideal Cinema” de Ángel Amaro Prieto fue premiado con el segundo premio en el V Certamen “Las Fuentes de la Edad” en el mes de mayo en Valladolid.
EUSKARAZ

 







Muchas gracias. No pensé que pudiera quedar tan bonito. Habéis hecho un mágnifico trabajo con las fotos, aunque mi “Ideal Cinema” no eran tan ampuloso. Tenía menos glamour pero más autenticidad.