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Justicia

Si de verdad fuera ciega, inútil debiera ser acudir en su presencia con la billetera llena. Si de verdad otorgase a cada crimen su pena, el tal José Diego Yllanes purgaría su vileza –código penal mediante- hasta que tuviese aliento. El mismo que arrebató a Nagore, una joven indefensa, a quién mató con la saña de los tipos más violentos.

Despiadada atrocidad que sentencias intragables rebajan de gravedad, por hábiles estrategias de togas aleccionadas para burlar al destino. Sólo en sede judicial se contempla el homicidio para dar nombre al que mata a la hija de un vecino. En la calle no hay lugar para tanto trazo fino. El Yllanes, un canalla, es un vulgar asesino, según la voz popular.

La mató porque sus manos eran las de un ser mezquino, miserable, deleznable, abominable. Machista sin compasión, a quien le importó un comino la vida que arrebató. Si la justicia velase por un veredicto humano este infame malnacido ya habría sido condenado con el rigor merecido.

Pero resulta que no. Que lejos de hallar castigo a su sádica actuación ha recibido una pena que reduce hasta el insulto su tiempo de reclusión. De tal forma que de nuevo vuelven a perder los mismos. Esa familia deshecha en una larga agonía, prolongada en un jurado que causa vergüenza ajena. Ni piedad ni compasión se dieron cita en la causa como consuelo a los deudos.

Al contrario, más escarnio, en un dantesco episodio de torsión de lo legal. Casquería judicial que sólo aplacó a la bestia, a la mano ejecutora. Rebajando su condena en una subasta odiosa cuyo objetivo fue aguar lo sanguinario del acto perpetrado con maldad. ¡Cuanta miseria moral, qué injusticia más obscena! Una atrocidad mortal se salda con quince años de reclusión en la trena.

¿Alguien puede soportar semejante veredicto? ¿Qué tipo de sociedad especula con la muerte en función de lo solventes que resulten los bolsillos? ¿Qué tipo de presunción pretende hacer inocente a quien sus fuerzas gastó para procurar la muerte? Este sucio criminal tiene una cuenta pendiente imposible de saldar. Ni siquiera con su vida podrá el verdugo abonar su atrocidad homicida. No puede haber indulgencia con seres de tal calaña, matones con odio en vena, que resuelven sus problemas robando vidas ajenas.

Hoy todos somos Nagore. Todos pedimos lo mismo: que se enmiende tanto horror con un justo veredicto. Que los suyos puedan ver amainada su zozobra al sentirse consolados por la fuerza de la ley. Pensemos en la Justicia como precisa balanza de la que salen dos brazos con el mismo recorrido. Si en uno de sus regazos ponemos la vida plena de una joven que soñaba su futuro con las ilusiones llenas. ¿Qué cabrá contraponer, para equilibrar el fiel, del lado de la condena? Eso, no más, exigimos a quien aspire a ser juez. Lo exigimos por Nagore. ¡Justicia para creer!



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Javier Gonzalez Mellado